El declive de la institución y el ascenso del mediador
Históricamente, la ciencia se ha escudado tras el prestigio de las universidades y los grandes centros de investigación. Sin embargo, su penetración en el ecosistema digital ha alterado esta dinámica. Hoy, la evidencia demuestra que las audiencias confían y depositan su credibilidad en la figura del mediador antes que en la propia institución.
Sin la salvaguarda de las mismas, el personal científico se ve obligado a construir una marca personal con la que gestionar de forma consciente la huella, la reputación y la percepción que deja en la mente de los demás. Para el investigador, es la herramienta que le permite diferenciarse y evitar ser solo un perfil más dentro de un ecosistema en el que los algoritmos actúan como editores silenciosos que priorizan lo emocional frente a lo estrictamente verificable.
Embajadores del conocimiento
Esta transformación en la figura del investigador o la investigadora exige que asuma el control de su propia identidad y de la huella que deja en los demás. Dar este paso no significa, aunque podamos caer en el error de pensarlo, que caen en el egocentrismo; ocurre más bien al contrario: ejercen una responsabilidad social como embajadores del conocimiento. Al divulgar sus proyectos y hacerlos accesibles, promueven la alfabetización de la sociedad y combaten el peligro de la desinformación generalizada.
Esta necesidad de poner rostro a la investigación es el eje central que hemos constatado a través de entrevistas en la sección ‘La Voz de la Innovación’ para la consejería de Innovación del Cabildo de Tenerife. Perfiles científicos de especialidades tan diversas como la energía eólica, el desarrollo aeroespacial, la supercomputación y la biotecnología que evidencian que detrás de los grandes avances científicos hay personas reales. Sus voces demuestran la importancia de humanizar la ciencia para construir un puente de confianza directo con la ciudadanía.
Del currículum al círculo de oro
Para que un científico o científica destaque en el saturado ecosistema digital es fundamental que la forma en la que divulga su trabajo se adapte. Según el modelo del círculo de oro propuesto por Simon Sinek, la audiencia no compra lo que haces, sino el porqué lo haces. Las personalidades investigadoras instintivamente se centran mucho en el qué, principalmente su especialidad o línea de investigación, pero el verdadero branding de su marca personal exige conectar con el propósito.
A través de un storytelling que relata sus desafíos, decisiones y hasta sus fracasos, el autor transforma los datos asépticos recién salidos del laboratorio en un mensaje que transmite cercanía e infunde confianza. Crear lazos emocionales es fundamental, pues cuando la comunidad logra empatizar con el lado más humano del investigador se genera un activo intangible incalculable: la credibilidad y la autoridad sostenida a largo plazo.
La punta del iceberg
Sin embargo, esta exposición pública plantea otro reto ineludible en el mundo académico: el equilibrio entre ganar visibilidad y mantener el rigor científico. A diferencia del personal branding en otros sectores, en la ciencia se exige un compromiso ético absoluto con la transparencia que pasa por evitar a toda costa la exageración y la distorsión de cualquier hallazgo en busca de clics o validación inmediata. Una publicación que carece de veracidad no solo arruina la reputación individual del autor, sino que daña profundamente la confianza del público en la ciencia.
Por ello, la marca personal del investigador se comporta como un iceberg. Lo que los demás ven es la superficie: su actividad en LinkedIn, sus artículos, sus apariciones en entrevistas y podcasts… pero esto solo es útil si se sustenta en una parte sumergida que conforman el autoconocimiento, la estrategia de especialización y, sobre todo, una propuesta de valor ética y coherente.
Artículo publicado el 07/05/2026




